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Carlos Jacanamijoy, pintor de la biodiversidad

Por Susana Patricia Noguera Montoya

Las pinturas de Carlos Jacanamijoy no solo le hacen un homenaje a su abuela y a su natal Putumayo, también a miles de millones de personas “portadoras de sabiduría ancestral” alrededor del mundo.

Desde su cosmogonía inga, inspirado en su pueblo natal -Santiago, en Putumayo- muestra en vibrantes colores la biodiversidad de la cuenca amazónica. Con su pincel capta la ondulación de la luz, la frescura del agua, la neblina de la madrugada y así explica la riqueza de la selva colombiana. Su obra hace parte de importantes colecciones internacionales, una de ellas el National Museum of the American Indian en la sede de Washington D.C. y se ha expuesto alrededor del mundo.

El maestro  reclama que se debe promover la creatividad en la región y usar elementos autóctonos para aportar al conocimiento global desde la cosmogonía ancestral.

¿Cómo entró el contacto con el arte?

Yo pinté casi desde que nací. Desde pequeño hacía retratos. A los trece años empecé a pintar en sábanas viejas como lienzos. Cuando íbamos terminando bachillerato, llegaron unos profesores a preguntar qué queríamos estudiar como carrera y yo no tenía ni idea. Todos decían medicina o derecho. Yo pensé en arquitectura porque vi el pensum y tenía clases de dibujo, entonces creí que era cercano. Pero luego me enteré que había una carrera llamada artes plásticas y decidí que eso era lo que quería hacer.

¿Cómo fue ese paso por la academia?

Hice la tarea muy bien hecha en la universidad, estudiando los grandes pintores e inspirándome en ellos. Cuando empecé a ser creativo de verdad fue extramuros. Cuando me gradué, me dieron opciones de trabajar como profesor o como rector de un colegio. Yo muy amablemente les dije que no y me tildaron de arrogante y yo no tenía un peso. Pero no era por eso, sino que yo tenía otro afán. Quería tener mi taller y dedicarme las 24 horas solo a pintar.

El inicio fue entonces difícil…

Al principio no encontraba qué expresar. Me gradué como artista, pero no sabía qué decir. Eso, sobre todo en el arte, es muy difícil. Decidí venir al Putumayo a explorar lo mío. Busqué entender lo físico, lo imaginado y mirar hacia mi interior. Recorrí los paisajes caminando, quitándome los zapatos para meter los pies en las cascadas. También exploré lo imaginado, el mundo de mi niñez. Hacia adentro era pensar en mi árbol genealógico y en que soy originario de este continente. Llenarme de la historia de la cosmovisión, de la tradición oral, pararle bolas a lo que me decía la abuela cuando nos sentábamos en la tulpa (el fogón). Pero ¿cómo pintar esto? Después de un tiempo me di cuenta que toda esa información me iba a volver loco. Debía ir a un taller en Bogotá a pintar.

¿Cómo explicar la importancia de resaltar la biodiversidad amazónica y la cultura inga?

Yo crecí en un mundo donde todo lo que yo era no era bien visto. Lo indígena era visto como feo, sucio. Cuando era joven, casi que quería esconder a mi abuela. En la escuela hablábamos quechua con mis hermanitos, pero a escondidas. Desde joven entendí que la sociedad te empujaba a eso. Pero después me di cuenta que la influencia de ellos era espectacular.

Nunca pensé que iba a terminar pintando cosas como las que estoy haciendo, con la fauna y la flora del Putumayo, pero ese fue el combustible para arrancar. Hoy todos esos temas que me inspiraron están muy vigentes: el planeta, mi cultura, el amor por la naturaleza, la conexión directa hombre-naturaleza. La reflexión de que el hombre está dañando la naturaleza es universal.

¿Cómo lo influyeron su papá y su abuela?

Mi papá era tozudo. Él era chamán, el que nos sanaba y nos protegía. Mi abuela quiso siempre hablar en inga. Recuerdo que cuando llegaba de la universidad por vacaciones me hablaba como les hablaba a los extraños encorbatados. Cuando yo pinto no es solamente un tributo a los ingas o a mi abuela, ella es solo una de los miles de millones de seres que son portadores de una sabiduría ancestral con los que deberíamos hacer un tejido de conocimientos.

Cuénteme una anécdota de su abuela.

Cuando me gradué de la universidad, le dije a mi abuela que fuéramos a mi grado. Ella me dijo: “yo no voy a ir a morir por allá, para qué me va a llevar allá si yo soy una vieja bruta”. Ella me decía lo que había escuchado que otros decían. Además estaba preocupada porque no tenía qué regalarme. Yo le dije: “regáleme el banco donde usted está sentada”. Ella se paró y me lo dio. “¿Se va a llevar esto? ¿No le da pena mostrar ese banco por allá, con esos doctores en Bogotá?”, me dijo. En ese momento le pedí ese regalo de forma intuitiva, sin darle la connotación que hoy en día tiene ese banco. Ahora lo tengo en mi taller. En él me siento, recuerdo y me inspiro.

¿Cuáles han sido sus grandes influenciadores en el arte universal?

El expresionismo alemán y el expresionismo abstracto dejaron huella en mí. Cuando me gradué, se estaba celebrando el quinto centenario del descubrimiento de América. Se estaba dando un debate global sobre el descubrimiento del nuevo mundo. Eso me ayudó para buscar hacia adentro de mí. Mis pinturas son una respuesta a ese debate.

Es curioso porque en la modernidad, finales del siglo XIX y el siglo XX, los grandes pintores de Europa estaban mirando hacia afuera. Van Gogh miraba hacia oriente, Picasso hacia África. Acá los muralistas estaban mirando hacia lo indígena, el Boom Latinoamericano miró hacia nosotros mismos. Los artistas de esta región que viajaron a París se dieron cuenta de que eran bien latinoamericanos estando allá. Entonces yo decía: no tengo que ir tan lejos porque estoy más cerca a esas raíces que ellos. 

Usted critica mucho la forma como nos hemos acostumbrado a rebajar la cultura de nuestra región.

Yo siempre he querido ‘desfolclorizar’ o ‘desexotizar’ lo indígena y lo latinoamericano. En el panorama mundial, los latinoamericanos somos exóticos y en el panorama local, los indígenas somos los exóticos, somos “otros”.

¿Pero cómo se puede “desexotizar” Latinoamérica cuando muchas de nuestras expresiones culturales usan ese elemento para hacerse atractivos en el exterior?

Lo primero es no creerse los estereotipos. Quedamos anclados en esa imagen de lo que era el “indio” y lo que me parece extraño es que ese imaginario no ha cambiado. Busco romper ese estereotipo.

Yo no necesito estar emplumado para que entiendas lo indígena que soy. Más allá de las demostraciones físicas, lo indígena está en nuestro ADN. A veces cuando estoy pintando ciertos cuadros, pienso en quechua y eso se nota en mi arte. Lo que yo trato es mirar hacia adentro para dejar de “chupar rueda” a los occidentales. Hay mucho que decir, tantas historias.

Lo maravilloso es que podamos entender que ‘exotizar’ a un indígena es ‘exotizarnos’ a nosotros mismos, subestimar nuestra cultura. Se subestiman a las personas y a la selva en la que viven, pensándolo como algo de tercera categoría. Nosotros, desde nuestros paradigmas, podemos aportarle al conocimiento y a la cultura.

Los colores de sus obras son impactantes. ¿Cómo es su proceso creativo para decidir los tonos de sus obras?

Yo siento el color, claro que lo veo, pero sobre todo lo siento. Puede ser porque no tengo el sentido del olfato, entonces mi memoria está ligada a los colores. Marcel Proust contaba que cuando se comió una magdalena, lo arrastró a una cantidad de recuerdos y vivencias. Pues lo mismo me pasó a mí cuando empecé a sentir el color. Dicen que de todos los sentidos, el más fino es el olfato. Es el que te arrastra a tus memorias de infancia, al fogón de la abuela, a la escuela. A mí los colores son los que me hacen sentir esa cosa fuerte del recuerdo. Lo que hago cuando estoy pintando es que voy echando los colores y voy sintiendo, como lo que hace un chef con los ingredientes.

Lo lindo es cuando otros lo sienten también. Cuando los espectadores me empezaban a contar las sensaciones que esos colores les producían a ellos, me pareció algo espectacular. Muchos eran muy similares y en algunos casos exacto a lo que yo quería inspirar en una tela. Eso es maravilloso porque no tienen palabras, es pura percepción, pura sensación.

Usted ha llamado mucho la atención en las esferas internacionales del arte. ¿Cómo ha sido esa experiencia?

Una de las exposiciones que más recuerdo fue en China. Fue maravilloso. Tenía una intérprete china que hablaba el español de España. De las cosas lindas que ella me traducía era que los chinos me decían que no me hiciera el turista, que yo era de allá. Cuando miraban mi trabajo me decían que sentían una conexión, esa relación con la naturaleza. Se sentían muy conectados con esa expresión milenaria cultural. Yo también sentía que sus trabajos del pasado se contactaban con las cerámicas de este continente.

¿Cómo se puede promover más el arte en el Putumayo?

Pienso que si se hicieran clubes de arte sería genial. Cuando yo crecí, la materia de arte era una costura, una ‘recocha’. Los profesores no eran expertos y ser profesor de arte es una gran responsabilidad. Es una palabra que encierra creatividad, imaginación, humanismo. El arte en la historia de la humanidad ha sido punta de lanza. Se ha adelantado incluso a la ciencia y a la filosofía. Los artistas han visto el futuro.  Entonces hay que incentivar a los niños, darles cartilla y abrirles el panorama. Pero si no se los abren, ellos mismos deben abrírselo. Ahora es más fácil con internet y tanta información a disposición. Deben conocer la historia para luego decir: “bueno, ¿qué brecha puedo abrir? ¿Qué veta está inexplorada? ¿Qué camino no ha recorrido nadie antes que yo? ¿Qué puedo aportar desde mi punto de vista?