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El problema educativo colombiano

Por Mario González-Quintero
Universidad San Martin, Cúcuta, Colombia

Colombia ha sufrido cuatro guerras civiles nacionales en el siglo pasado, el período de la violencia política de los años 1936 a 1950 y el conflicto armado generado por las guerrillas de orientación marxista que lleva más de 50 años, en medio de los cuales se encuentra la educación, la cual no es un elemento ajeno ni distante de estos conflictos sino que sufre las consecuencias derivadas del mismo reflejadas en el desplazamiento forzado, reclutamiento de jóvenes, desintegración familiar, pérdida de valores, la desintegración del tejido social en las comunidades, mala calidad de educación y currículos educativos “talla única” diseñados sin tener en cuenta estas peculiaridades.

No le corresponde a la escuela una actividad estrictamente académica sino que su misión es la formación integral de la juventud contribuyendo en la construcción de escenarios de paz para que los ciudadanos puedan solucionar sus diferencias de manera constructiva ayudando a construir una sociedad mejor.

En el presente artículo se pretende mostrar que la evolución del proceso educativo, dentro del marco de un sistema de dominación cultural en donde la escuela es un centro diseñado para reproducir “los aparatos ideológicos del Estado” al servicio de una clase social que requiere fuerza de trabajo cualificada para poner a funcionar su maquinaria productiva; pero no se escapa la escuela de la crisis económica reflejada en la escasez de cupos por la precaria asignación de recursos del Estado, por la deserción escolar, por el desplazamiento forzado; según el Gobierno de 100 estudiantes matriculados en grado 0, el 48% concluye la educación media, el 12% ingresa a la educación superior pero solo el 4% culmina.

En el desarrollo de la historia se puede afirmar que hubo algunos cambios significativos con relación a la época medieval signada por las teorías cristianas; en estos cambios, dados en la época moderna, se evidencia el surgimiento de nuevas doctrinas en las que se privilegia el conocimiento de la verdad a través de la razón (racionalismo) o la que se ve a través de los sentidos (empirismo), y en donde el movimiento intelectual y cultural conocido como la Ilustración, declarado así porque perseguía disipar las tinieblas de la humanidad mediante la razón, fue uno de los más importantes.

Pero en algunos países, como Colombia, la penetración religiosa es tan fuerte en los órganos decisorios del Estado, que aún alcanza altos niveles de influencia en la educación. No en vano las universidades y colegios cristianos han sido reproductores ideológicos, de los que hablara, unas veces a través de las escuelas, en los sermones del altar y otras por la violencia política enmascarada en las persecuciones partidistas y religiosas en la época, conocida como la violencia, y hoy de manera sofisticada formando los profesionales e intelectuales que requiere el modo de producción dominante. La presencia de la iglesia en el país confrontó durante dos siglos al mundo moderno y al radicalismo liberal y en los años setenta unas mentalidades de confrontación en la Guerra Fría enfrentaban el peligro de la infiltración comunista en la movilización social.

La educación pública, igualmente y con mayor incidencia, reproduce la ideología dominante, con su aliado religioso, desde la época de la Conquista hasta nuestros días. Los diseños curriculares delineados desde el Ministerio de Educación apuntan a la disciplina escolar, a la puntualidad, a la uniformización de los programas escolares, a la educación separada de la familia, a la centralización de los procesos, al diseño de programas en los que las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) están recibiendo un fuerte impulso por parte del Ministerio que le corresponde, tal como lo avizorara en su obra La Tercera Ola.

Grandes transformaciones ocurren en el mundo como resultado de los procesos continuos de cambios estructurales. La realidad social en su proceso dialéctico cambia continuamente y la razón humana se ve afectada por las emociones que suscitan estos desarrollos; las revoluciones en la microelectrónica, la cual sustituyó la maquinaria pesada y generó una mano de obra especializada; la revolución feminista que les permitió ocupar espacios y desplazar, de alguna manera, el modelo patriarcal; las revoluciones políticas que generaron nuevos modelos políticos, como el ocaso del socialismo en Europa, causado por la continuidad de la revolución industrial; la revolución paradigmática, la transdisciplinariedad que mira distintos niveles de realidad y la postmodernidad que nos conduce a una condición planetaria y a nuevos modelos de desarrollo de manifestaciones de hombres y mujeres, plasmados en los grupos LGTB que buscan derechos para participar en la sociedad; los grupos ecológicos que buscan armonizar con la naturaleza, en fin, grupos minoritarios que no se ven representados por la política tradicional y que en el discurso de su obra La revolución que nadie soñó, afirma que “la revolución microelectrónica no es más que un simple modo de expresión de una revolución general que se desenvuelve social, política, ecológica, sexual y espiritualmente, así como en otras dimensiones a donde no alcanza el conocimiento del autor de estas líneas”.

Llama la atención el hecho que no haya efectuado ninguna nota respecto al impacto de la revolución tecnológica en la educación. Se pudiera pensar que esta tecnología desplace al maestro y que el estudiante realice su proceso de enseñanza a través de los medios electrónicos; el salto tecnológico no produce fácilmente un correspondiente salto cualitativo en la satisfacción de las necesidades humanas y personales. La Educación es un proceso muy complejo de socialización y transmisión intergeneracional de pautas humanas que, desde luego, no se pueden desarrollar electrónicamente por sus propias características de falibilidad y fragilidad que caracterizan al ser humano.

La Constitución de 1991 reconoció los derechos a las minorías y al libre derecho de la personalidad, pero aún son muy tímidas las acciones para reconocer estas situaciones por parte de los directivos y profesores de establecimientos educativos de inspiración religiosa, especialmente en educación secundaria que aún mantienen ciertas resistencias y el reglamento estudiantil es el soporte para imponer la disciplina y el castigo, del que hablara.

La globalización de la economía impuso un avance vertiginoso a nuestra sociedad y el comportamiento de sus habitantes no es ajeno a esos procesos: lo global implica un comportamiento planetario y con facilidad están en algún lugar del mundo sin que lo que ocurra a sus alrededores les afecte, prefieren frecuentar sitios “los llamados no lugares”, sitios carentes de identidad, transitorios, de paso, sin ningún tipo de arraigo personal: Es el aeropuerto, es el supermercado, en donde la comunicación y la relación es artificial, para quienes el espacio como lugar practicado, fruto del movimiento y los cruces entre elementos que son dinámicos, termina conformando relatos de espacio, a diferencia de los lugares antropológicos en donde el arraigo, la identidad, la pertenencia, la posesión “in situ” genera compromisos y obligaciones. El discurrir histórico apega al hombre a la vivencia de sus pueblos y, en ese sentido, la educación juega un rol muy importante porque afianza el concepto de identidad y de nación. ¿Dónde se encuentran las políticas que generen algún desarrollo y educación a esos habitantes de paso, que cada día aumentan con el desarrollo y facilidad de las comunicaciones? Cuántos de ellos en su proceso migratorio se asientan en lugares marginales de ciudades con altos grados de desarrollo socioeconómico? Las protestas de los inmigrantes en Europa y los Estados Unidos, demandando oportunidades de trabajo y el acceso a la educación tienen respuesta por parte de La Unión Europea y del Pentágono? ¿El estado colombiano tiene alguna política para atraer a sus connacionales de “esos no lugares” y brindarles oportunidades de desarrollo socioeconómico?

Lamentablemente la sociedad de consumo nos ubica en mundos cargados de ilusiones en donde se nos incapacita para distinguir las realidades de las fantasías, y en el que los medios de comunicación nos ponen a “mirar” la manera en que quieren que veamos los sucesos, enfatizando el concepto de en el sentido de que “no hay realidad sino simulacro”. Este simula el conjunto de representaciones puesto que no es posible relacionarnos con la realidad, sino con las representaciones que pasan por la realidad, como en Disneylandia, en donde lo real está lleno de ficciones.

En el análisis que efectúan de manera separada algunos escritores postmodernistas sobre los procesos educativos encontramos algunas coincidencias en ubicar el papel de la escuela y, por ende, el de la educación, como continuadores del sistema económico imperante; bien a través de: a) la ubicación del carácter político del problema educativo; b) a través de entender cómo el adoctrinamiento efectuado en el sistema escolar permite reproducir la cultura dominante utilizando la violencia simbólica, en tanto que las relaciones específicas de poder tienen una prolongación en el sistema educativo o; c); afirmando que el disciplinamiento de los cuerpos a través de la escuela le permite controlar y dominar por el conocimiento de la disciplina profesional.

Siendo la educación, como lo es, el mecanismo más eficiente para reproducir las relaciones de producción capitalista afinadas por las doctrinas neoliberales que le dejan al mercado la solución de todos los problemas, incluso el de ésta, en donde las reformas propuestas pretenden privatizarla para convertirla en una mercancía y ahora inmersa en la globalización, en donde junto a la cultura, el arte y la literatura se refuerza el concepto de la educación como un agente del Estado, como el sostén de las democracias burguesas o socialistas, cabe preguntarse: ¿Por qué tanta orfandad presupuestal? ¿Por qué tanta ineficiencia? ¿Por qué tanto rezago ideológico?

En el período inmediatamente posterior a la Independencia, el Estado trató de implementar un sistema de educación nacional para una población que padecía los efectos de una economía arruinada, así como también de sangrientos conflictos e inequidades éticas y sociales. La dispersión de la población rural, la economía en torno al café y a la minería no facilitaban una cobertura real de la educación primaria, sumando a esto las guerras intestinas que padeció nuestra patria. Estos desarreglos regionales no permitieron una cobertura educativa amplia porque mientras en 1830, y años siguientes, se ampliaban los colegios denominados santanderinos, el poder de la Iglesia y sus aliados intentaron boicotear el proceso educativo.

Mirando el panorama actual y enfocando las teorías de los pensadores postmodernistas se encuentran en los modelos educativos colombianos postulados educativos que no encuadran dentro del desarrollo social de nuestra población, que no le dan salida a las expectativas cada vez más amplias de quienes tienen un nivel de satisfacción con la democracia que apenas alcanza 26%, uno de los más bajos de América Latina, de una población que tienen un Índice de Desarrollo Humano de apenas 0.689, ocupando el puesto 79 entre 169 países, por debajo del promedio de la región que está en 0.74; de un país que gasta en promedio en salud por persona 516 dólares; comparado con América Latina que gasta 732 dólares, con una población tan excluida en la distribución del ingreso que apenas se tiene un IDH de 0.492 ocupando el séptimo lugar entre la población desigual.

En el aspecto educativo hay una cifra preocupante de analfabetas funcionales, aquellos que nunca han estudiado, o que sólo han hecho los primeros grados de primaria y no han vuelto a su proceso de formación, estimada en 2.7 millones de colombianos, cifra que concuerda con la del Ministerio de Educación Nacional el cual estima la tasa en 9.6%, que prende las alarmas sobre este aspecto que se creía estaba en mejores condiciones o en un proceso de superación.

Fuentes:

Ministerio de Educación Nacional (2006).

Althusser, L. (1989). Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado. Buenos Aires: Siglo XXI.

Ramírez, L.C. (2015) Entre altares y Mesas de Dialogo: el episcopado colombiano en acercamientos de paz con grupos armados ilegales (1994-2006). Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de Colombia. Bogotá: Penguin Randon House.

Toffler, A. (1981). La Tercera Ola. Barcelona: Plaza y Janes

Mires, F. (2008). La Revolución que Nadie Soñó o la otra Postmodernidad. México: Taurus.

Rodríguez-Barroso, J. (2002). Ensayos UPEL. Barquisimeto.

Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI, 1975. Augé, M. (1994). Los no lugares, espacio de lo indómito. Barcelona: Gedilsa.