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Reflexión sobre la corronchería

Por José Luis Garcés González

La corronchería es la actitud auténtica del hombre influido por la realidad y los valores de su entorno, y cuyo comportamiento se nota diferente cuando lo excluyen de su nicho cultural. La corronchería es legítima y responde a un proceso histórico, a una tradición. Cuando el campesino viene a la ciudad, llega a un espacio que le es extraño, y en consecuencia su comportamiento choca con las costumbres citadinas.

Cuando el citadino va al campo, como no posee la experiencia rural, se comporta como un verdadero corroncho. Se cae del burro, o se resbala subiendo una loma, por ejemplo. Y no en sólo eso es corroncho, también corroncha es su piel conservada o sus manos cuidadas. De tal manera que la corronchería es relativa.

Dadas las anteriores circunstancias, la corronchería es globalizada. Pues al excluirte de tu entorno, te sustraen de tus costumbres y de tus conocimientos. Y en consecuencia tu comportamiento se va a notar extraño. Y ese comportamiento que no se compadece con las nuevas realidades en que te encuentras, y que de pronto te deja en el ridículo, es corronchería. Esto es válido para todas las personas.

Si aceptamos, como hemos visto, que hay una corronchería rural y una corronchería urbana, la corronchería se nos antoja comprensible y relativamente inevitable. Y ella no correspondería una carencia intelectual sino a una diferenciación cultural. En consecuencia, lo corroncho no es lo burdo o lo zafio sino lo diferente. Lo que ocurre es que la condición humana, en la el ser es tan proclive a creerse mejor que los demás, ha convertido el término en sinónimo de atraso o de incivilizado.

Por otro lado, si lo corroncho quiere adjudicársele sólo a lo rural, se estaría ejerciendo sobre el fenómeno una visión parcializada. Y allí se estaría propiciando una agresión y practicando una violencia; y, además  se platearía una selectividad social que no corresponde a la realidad que se vive, y que se ha mostrado como una actitud repugnante. Ahora bien, si lo corroncho se asume  como una expresión  de autenticidad, de conservación  de las raíces culturales, sin vergüenzas y sin complejos, conociendo la debilidad étnica de quienes intentan agredirnos con el vocablo, el concepto se convierte en un signo identitario. Y sólo quedaría como respuesta, una pregunta: sí, corroncho, ¿y qué?