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Nelson Mandela: El largo camino hacia la libertad

Por Sergio Clavijo

Aunque la aparición de su libro, referenciado en el título de esta columna, data de 2010, el “largo y tendido camino” hacia la Paz en Colombia lo ha vuelto particularmente relevante en esta coyuntura de 2018-2022.

Iniciaré su reseña por los capítulos finales que se concentran en el período 1990-1994, cuando ocurrieron hechos de similar relevancia en Colombia.

Tras 27 años de encarcelamiento (10.000 días) y a la edad de 71 años, Mandela fue liberado. Esto gracias al levantamiento anti-apartheid local y dada la presión internacional, la cual incluyó serias sanciones económicas a Suráfrica a manos de Naciones Unidas y con el apoyo decidido de Bush Padre.

Resulta casi increíble que, a esa edad y con la fatiga del aislamiento sufrido durante 18 años de encarcelamiento en la recóndita Isla de Robben (cerca de Ciudad del Cabo), Mandela hubiera podido liderar, durante esos años de 1990-1994, tareas tan complejas como: 1.) negociar casi a nivel de Estado-a-Estado con los presidentes de Suráfrica (Botha y De Klerk) y manejar tanto las rencillas del partido derechista de gobierno como las de su propio partido (con posiciones extremas de las facciones jóvenes y de las etnias zulúes), todo ello en medio de una sangrienta guerra civil con más de 1.500 muertos solo durante este período; 2) organizar una nueva Constitución para Suráfrica, gracias a su abrumador triunfo electoral (62%), aboliendo la supremacía blanca que regía desde 1910 y logrando que la transición hacia una verdadera democracia no tomara más de cinco años; 3) enseñar sus derechos a más de 10 millones de votantes primerizos (de un total de 20 millones de votantes); y 4) pilotear la entrega de armas y desmovilización guerrillera del CNA, a cambio de una amplia amnistía, pero “coqueteándole” al poder blanco para que también fuera participe activo de la reconstrucción empresarial de Suráfrica (ver partes IX-X págs. 465-647).

Gracias a esa dedicación y eficacia, a Mandela le fue otorgado el Premio Nobel de Paz en 1993, conjuntamente con el presidente De Klerk. Mandela gobernaría Suráfrica con relativo éxito político durante 1994-1999 (en este año finaliza su recuento autobiográfico). Sin embargo, los problemas socioeconómicos del país continuaron siendo desafiantes: grave expansión del VIH por falta de adecuadas políticas públicas y manejo tabú de problemas sexuales; elevada tasa de homicidios y alta corrupción política tras su retiro partidista (en 2004) a la elevada edad de 85 años. Mandela moriría en 2013 a los 95 años. Su longevidad fue a todas luces sorprendente, gracias a que sus afecciones pulmonares, debido al prolongado encarcelamiento, lo vinieron a afectar tardíamente; fue su fortaleza física (ejercitarse todos los días en pequeña celda) y mental (su cometido de liberación) lo que le permitió “re-iniciar” su vida política a los 71 años. Pero si Mandela viera la plutocracia hereditaria en que hoy se ha convertido el Estado capturado de Suráfrica, seguramente lloraría amargamente (The Economist, 2017).

Hasta aquí los relatos más conocidos sobre la vida de Mandela. Pero este libro es particularmente interesante en sus primeros capítulos, pues devela como él era un “rebelde sin causa” en su juventud. De hecho, gustaba y aprovechaba bien su estirpe tribal para escalar posiciones y poder aspirar a ser un abogado “a lo británico”.

De no haber sido por su rebeldía antitribal, Mandela seguramente no hubiera pasado a la historia y se hubiera diluido en su ejercicio de abogado penalista. En efecto, allí se relata cómo Mandela se reveló contra la obligación de contraer matrimonio a temprana edad y con base en la designación tribal impuesta. Así, abandonó la cómoda posición de estudiante de leyes financiado por sus conexiones tribales y se vinculó prematuramente a firmas de abogados occidentales que lo llevaron a practicar el derecho a favor de los injustamente encarcelados, unos por simples injusticias y la mayoría por efectos del creciente apartheid. Durante 1948-1958 terminó como dirigente del partido CNA, teniendo que ingresar a la clandestinidad a partir de 1960 (págs. 278ss). En 1962-1964 cayó preso y una serie de eventos arbitrarios lo llevaría a la condena de cadena perpetua (con los resultados arriba señalados).

Esta vida de Mandela constituye un “laboratorio” excelente para ahondar en el debate entre “instituciones” y “cultura” como pilares del desarrollo socioeconómico de los pueblos (Acemoglu y Robinson, 2012). En nuestra opinión, las “instituciones” importadas, tras la guerra de los Bóer en Suráfrica, tenían elementos potenciales para haber generado allí otro “exitoso caso” de desarrollo anglosajón, pero ello no ocurrió por múltiples razones geográficas y sobre todo culturales (Ferguson, 2005 y 2012).

Mandela hace un rico relato sobre cómo las diferencias culturales hacían impenetrable la “plantilla institucional” británica en Suráfrica. Los temas tribales no son triviales y, de hecho, ni el propio Mandela pudo subir al tren de la revolución anti-apartheid a la cúpula zulú. Esta cultura zulú insistía en otros modos de gobernar, los cuales hoy continúan gravitando en Suráfrica, difíciles de enmarcar dentro de la teoría de “las instituciones-mandan”.

Referencias Bibliográficas
Acemoglu D. y Robinson J. (2012), Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Porverty, (CrownBusiness, New York.)

Ferguson, N. (2005), Colossus: The Rise and Fall of the American Empire (Penguin Books, London) Civilization: The West and the Rest (Peguin Books, New York)