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Sebastián Guerra no pudo con el novenario del espíritu del cuerpo presente

Un lío de faldas lo sacaría muy joven de su pueblo natal, Rincón Hondo.

Los rumores que corrían como el viento a comienzos del siglo XX sobre un supuesto envío de Sebastián Guerra Herrera desde la cárcel de Chiriguaná al penal de las Catorce Ventanas en Santa Marta, por haber deseado y engalanao con piropos a “una mujer ajena”, que casualmente era esposa de uno de los notables del pueblo, revolucionaría a los pobladores de aquella comarca que no entendían los alcances de un fallo sin haber cuerpo del delito. Los entendidos, decían que sí había tal acervo probatorio, pero la moralidad de aquel entonces impidió, por perturbador, trasladar la prueba reina.

“Puedes corré por el mundo, pero nadie se escapa al conjuro del espíritu del cuerpo presente” escuchó Sebastián, quien guardó silencio ante aquella sentencia. Para desdicha del acusador, el inspector de policía de Chiriguaná, acérrimo seguidor de la nota musical de Guerra, en complicidad con el guardián de la insegura guandoca, facilitó las cosas para que este se escapara con el compromiso de no regresar por esas tierras. Aquello, haría de “Chan” un reo ausente que lo llevaría a convertirse en el juglar itinerante que con su acordeón dejaba canciones y amores regados por parroquias y veredas, a lo largo de las riveras del bajo Cesar, el bajo Magdalena y el bajo Cauca.

Petronita Regalado
Dios te guarde tu hermosura
Cuando sales a la calle
Pareces la virgen pura

Huyendo del peligro, fue hasta San Jacinto donde su hermano Isaías Guerra,  cajero y tamborero, resultaría ser el padre del legendario Andrés Landero Guerra quien, al igual que su primo, rendía homenaje a las mujeres de su familia dándole prevalencia a su apellido materno. La defensa de sus ideales puede palparse en su condición política que, ante la debilidad de Miguel Abadía Méndez y tras la convocatoria de Laureano Gómez, jefe del Partido Conservador, de frenar el liberalismo, lo inspiró a componer en 1929, una de las primeras canciones de contenido político en la historia del vallenato, La Cédula electoral:

Si perdemos la cédula electoral
Qué camino nos queda más que apelar
Nuestro jefe nos aconseja
Que ninguno de nosotros debe votar.

Defendió en parrandas y en reuniones su ideología, en tiempos en los que se encontraba polarizado el país por los partidos tradicionales. Su carácter y atrevimiento le generó muchos problemas, especialmente con las mujeres. Un verso cantado en La Guajira por Mauricio Bolaños, hermano de Francisco, “Chico”, confirmaría la condición de hombre mujeriego de Guerra:

La Chencha me dejó a mí
Y se fue con Sebastián Guerra
Desde El Treinta para abajo
Ella sigue su carrera.

Su creatividad innata de verseador, permitiría que la fama de Guerra se acrecentara y pasara los confines locales. Pronto sus confrontaciones musicales adquirirían otras dimensiones que lo situaban en un pedestal. Bajarlo de ese trono motivaría entre muchos al músico erudito Manuel Isabel Oviedo, un corozalero que gozaba de prestigio por sus conocimientos de gramática musical aprendida en Italia en sus tiempos de seminarista. La respuesta de Sebastián no se hizo esperar y para ello, según los dictámenes de la neutralidad, escogieron la población de El Banco. Sólo unos cuantos versos se dieron en aquella piquería debido al daño del acordeón de Oviedo a quien “Chan” Guerra viendo en condiciones adversas cantó:

En medio de la contienda
Ha perdido lo mejor
La fama e’ Sebastián Guerra
Asustó a su contendor.

La versatilidad de Sebastián atraería rápidamente la atención de unos californianos que en 1932 lo invitaron a los Ángeles (Estados Unidos) para grabar su primer disco, el cual hubiera sido el primer vallenato llevado al acetato. Las consultas de Guerra sobre la distancia y el tiempo que invertiría en aquel viaje lo hicieron desistir de lo que hubiera podido representarle su reconocimiento fonográfico para la posteridad.

Pero Guerra, un empedernido parrandero prefirió continuar en lo suyo, incluso creando escuela al enseñarle los secretos del acordeón a un buen grupo de paisanos, entre ellos a Juan Camargo Ospino, Bernardino Meneses, Evaristo Campo, Emilio y Andrés Beleño Guerra, –sobrinos– Juan Pallares Martínez y una cantidad de músicos anónimos.

Sus obras, aunque no habían sido grabadas, eran reconocidas y cantadas por otros intérpretes que entonaban: El Caballo Pechichón, El Higuerón, Hombre Solo, La Chencha, Petra, El Avariento, La Pesca del Segebe, La Cédula Electoral, El Pleito y La muerte de Sebastián Guerra.

Mientras el maestro Guerra seguía esparciendo sus melodías de pueblo en pueblo, dejando sus conocimientos y su estilo propio como intérpre de los cuatro aires del vallenato, un reconocido brujo, quizás contratado por quienes no olvidaban aquel viejo incidente hormonal en su terruño, se daría a la tarea de perseguirlo por medio mundo; los achaques de salud  de Sebastián y los fallidos esfuerzos e intentos por encontrar remedio entre los curanderos indígenas de La Guajira lo hicieron regresar a La Sierra, un caserío cercano de Rincón Hondo donde vivía el curandero Agustín Fernández  quien al ver la complejidad de “el mal”, le recomendó que visitara a los invisibles, una especie de espiritistas. Hasta la carencia de un antídoto para su extraño malestar inspiró a Guerra quien moribundo por aquellos días oscuros cantaba:

Sebastián llegó a La Sierra
Con su mala enfermedad
Los médicos invisibles
No lo pudieron curá

Las especulaciones sobre un supuesto maleficio fueron rápidamente desvirtuadas por el propio Guerra quien en unos de sus célebres versos revela el lugar y la identidad de la autora material de sus dolencias.

Una horrible morcillera
Me ha pegado esa muchacha
Se acabó el ruido de Guerra
Por ir a tocá a Playa Alta.

El 10 de septiembre de 1937, el hijo de Juana Vicenta Guerra y el acordeonero de la primera generación Pedro “Perucho” Herrera, no pudo resistir aquella penosa enfermedad que medio siglo después generaría contradicción entre los que sostenían que ello obedecía a un contagio sexual y los que afirmaban que era un “maleficio”, y recalcaban que una infección de esa índole se quitaba con ceniza y un limón asado en cruz. 

Al parecer, más allá de una calamidad venérea, para la que no hubo una penicilina a tiempo, la venganza se consumó. El conjuro del espíritu presente, que muchos años después también se llevaría en un “trago arreglao” al célebre cajero Mingo Pimientel, cumplía su dictamen fatal. “Chan” se fue, pero su obra inmortal y sapiencia serían reconocidas por Juancito López en La Paz y su descendencia, Pacho Rada, Luis Enrique Martínez, Pedro Nolasco, Abel Antonio Villa, los hermanos Serna y Samuelito Martínez, que siempre sintieron respeto y admiración por aquel trovador que defendió su dignidad de hombre enamoradizo con lo único que sabía hacer: tocar y cantar.