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La tercera ola feminista

Por Andrea Biswas
Universidad de British Columbia

Al término de la segunda guerra mundial algunas mujeres estaban “disfrutando” de los beneficios que las pioneras de la primera ola feminista habían conseguido: podían votar, formar parte de la fuerza laboral, manifestarse en público, organizarse en sindicatos y —quizá lo más importante— estaban retando el estado de “marginalización silenciosamente estereotipada y tergiversación de las mujeres”. Esta generación de mujeres había aspirado a la creación de un espacio dentro de la sociedad tradicional para ellas y su descendencia, y lo estaban logrando. No obstante, esta ola  es responsable de la creación de muchos de los elementos que ahora forman parte de los estereotipos y “caricaturas” (Drake, 1997) feministas y que las presentan como lesbianas y mujeres en contra de los hombres. Estas mujeres, aunque no todas, concibieron la jerarquía patriarcal como una falta   de respeto, creían en la guerra de los géneros y sentían que muchos aspectos en su vida diaria las oprimían; hasta intentaron establecer un matriarcado y una sociedad conformada únicamente por mujeres. Estas mujeres aborrecían la idea de estar sexualmente subyugadas y exigían ejercer control absoluto sobre sus cuerpos. Habían aceptado convertirse en lesbianas con el fin de crear un nexo (Rich, 1980, en Mandell, 2001, p. 57) entre ellas y se habían impuesto en la toma de decisiones con respecto a la maternidad (Friedan, 1970, en Love, 2000, p. 497).

Ellas eran activistas, fundamentalistas y radicales que cambiaron y reformaron la vida de muchas mujeres (primordialmente en Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia y Europa) y si bien algunos de sus objetivos no fueron concretados hasta el punto que ellas hubiesen deseado (una sociedad matriarcal nunca tuvo lugar), hicieron las cosas un poco más fáciles para las siguientes generaciones de mujeres y hombres al ofrecerles un panorama menos desigual. A pesar de esto, el mundo no ha dejado de cambiar y las necesidades, deseos, ideas y particularidades de las nuevas generaciones divergen de las de la segunda ola. Las generaciones recientes saben que se debe difundir “un rango más amplio de voces feministas y de experiencias femeninas” (Drake, 1997), que no hay punto en luchar contra los hombres, que no hay necesidad de luchar contra la violencia con violencia y que las mujeres no necesitan adoptar un papel de víctima para ser reconocidas. Este nuevo grupo de mujeres aclama la feminidad alrededor del mundo: esta nueva ola, la tercera, está orgullosa de su condición de mujer y está consciente de cómo los rasgos físicos, varias religiones, culturas y condiciones económicas las sitúan en posiciones desiguales. Al aceptar la existencia de estas diferencias y de admitir que las mujeres se enfrentan a diferentes obstáculos dependiendo de sus particularidades, esta nueva ola es más femenina y poderosa de lo que han sido las anteriores.

Es necesario establecer una nueva ola feminista con el propósito de responder a la situación global y a los diferentes rasgos que hacen de cada comunidad algo único y que, por lo tanto, provocan diferentes reacciones ante ciertos acontecimientos e ideologías. Como resultado de las particularidades religiosas, culturales, educativas, políticas y fisonómicas la tercera ola tiene que ser creada. Ahora discutiré los inicios de esta nueva ola, sus ideas y preceptos más importantes y cómo es que difiere de sus antecesores.

Sería incorrecto decir que un día determinado la segunda ola feminista llegó a su fin y que al día siguiente la tercera ola ya había sido establecida. Jennifer Baumgardner y Amy Richards (2000) mantienen que este movimiento cobró vida durante el verano de 1992, cuando un grupo de mujeres de Estados Unidos se congregaron con el fin de convencer a la gente joven de los cincuenta estados norteamericanos de participar en las elecciones. Su objetivo principal era alentar las votaciones en aquellos estados en los que había mujeres contendiendo por una candidatura y dar una señal de que la gente joven estaba “lista para reclamar su poder político”. Esta congregación tuvo éxito hasta cierto punto.

Sería muy conveniente declarar a esta fecha, verano de 1992, como el nacimiento oficial de la tercera ola; pero, afortunadamente para muchas mujeres alrededor del mundo, esto no es del todo correcto. Los cambios culturales y sociales  que han tenido lugar en el mundo han formado y transformado nuestra percepción de quiénes somos, qué queremos  y cuándo es que lo queremos, y esto no tuvo lugar durante  los primeros años de la década de los noventas. Antes de esta fecha mujeres latinoamericanas, de color y provenientes de un estrato económico bajo estaban revolucionando la manera en la que podían convertirse en feministas y activistas de su propia causa.

Mujeres provenientes de países pobres, diversas clases socia- les, varias religiones, culturas y formación educativa no se precipitaron, ni se precipitan, a las calles demandando igual- dad, porque el tipo de igualdad que estaban buscando, y buscan, es, en cierto modo, diferente a la perseguida por las feministas europeas o norteamericanas. Estas mujeres necesitan luchar primero contra la pobreza, la discriminación, la injusticia social y la marginación, al tiempo que puedan tener acceso a los sistemas de educación y seguridad social y elevar su autoestima. Estos grupos tienen que luchar contra la violencia doméstica, el abuso sexual y la extirpación de los órganos genitales. Una vez que hayan logrado lo anterior, todas las mujeres y los hombres, no sólo los “oprimidos”, serán más libres, y el feminismo, o al menos su precepto básico por la igualdad, se habrá convertido parcial- mente en realidad. En pocas palabras, la necesidad de adaptarse a este tan cambiante mundo es una de las razones principales por la cual las feministas necesitan reunirse y establecer un nuevo programa e ideología.

La tercera ola difiere de la segunda principalmente porque las nuevas generaciones están conscientes de sus diferencias y particularidades y no pretenden homogenizar el movimiento: al contrario, prefieren adoptar sus propias limitaciones (Gilmore, 1997). Las y los miembros de esta nueva ola saben que el activismo va más allá de una manifestación y consideran de mayor importancia romper con el estatus quo femenino y reasignar los roles de ama de casa y de cui- dado de los hijos. Esta ola diverge de la anterior en parte porque las mujeres se han dado cuenta que son diferentes, que cada una enfrenta retos únicos a lo largo de su vida y que además sus rasgos físicos, religión, cultura y clase socioeconómica las  hace vivir y definir el feminismo de maneras desemejantes. Lo que quizás ha creado la brecha más grande entre la más reciente y la ola anterior es que nosotras, mujeres originarias  de todos los rincones del mundo, ya no peleamos en contra de nuestra feminidad y nuestro lado maternal sino que hemos aprendido a celebrarlo y promoverlo (Baumgardner y Richards, 2000).

Las mujeres de esta última ola pretenden destruir los conceptos erróneos que la gente asocia con las feministas. Saben que ser feminista y luchar por la igualdad no tiene nada que ver con cortarse el cabello, dejarse crecer el vello en las piernas y otras áreas del cuerpo, ser lesbianas o jugar rugby, tal y como muchas de la segunda ola hicieron y siguen haciendo. Al contrario, para ellas ser feminista significa maquillarse y usar vestidos, casarse y tener hijos, bordar y usar color rosa y ser, al mismo tiempo, capaces de enlistarse en el ejército o en un grupo de atletismo. Feminismo es también poder votar, participar en cualquier aspecto de la vida pública y privada, ejercer su sexualidad con total libertad, denunciar cualquier abuso sexual y violación, destruir los estereotipos de belleza y “convertir política en acción” (Gilmore, 2001). En resumen, significa ser iguales a los hombres pero diferentes, dentro de las complejidades del género; antes implica ser una feminista sin declararlo.

Esta nueva generación de feministas necesita cambiar algunos de los métodos empleados antes y que han dado a la ola precedente una reputación de radicales y “mujeres locas”. Por ejemplo, necesitan dejar de culpar a los hombres de controlar a las mujeres, cuando en realidad son ellas las que no se sientes listas o cómodas con la perspectiva feminista (Drake, 1997). También necesitan aumentar la  conciencia  y participación (mujeres y hombres por igual) y encontrar nuevas y locales formas de habilitar el papel de las mujeres, garantizando la igualdad sin atentar contra las particularidades de cada cultura y sociedad. Al mismo tiempo necesitan combatir problemas más modernos, como los cada vez más comunes desórdenes alimenticios, estereotipos de belleza, obsesión por la moda, violencia, enfermedades de transmisión sexual y discriminación (aun cuando algunos hombres también son víctimas de estos problemas, la mayoría   de los casos se presentan dentro de la población femenina). Todas las características anteriores hacen a este movimiento multifacético en lugar de estandarizado, multidimensional más que polarizado y multicultural antes que institucionalizado, pero que al final sigue luchando por el principio básico de igualdad. Hay un sentimiento de cambio que ha influido al mundo y a todos los que habitamos en él. La gente habla de diversidad y diferencias y a nuestro alrededor somos capaces de identificar a muchos individuos que son diferentes a nosotros en todos los aspectos posibles, excepto en que somos seres humanos y que todos merecemos, y tenemos derecho a, la igualdad. La dicotomía mujer-hombre no debería ser la excepción y aunque ambos géneros han estado involucra- dos en una especie de guerra, intensificada en muchos casos por la segunda ola feminista, es hora de la reconciliación y apoyo mutuo. El feminismo, así como sus seguidoras y seguidores, ha cambiado y juntos han abordado el tema de la igualdad de una manera más enriquecedora, que incluye a más gente, que explora nuevas fronteras, que busca nuevas soluciones y promueve la feminidad de los géneros. Las nuevas generaciones, incluyendo a la tercera ola, luchan en pro de la igualdad mientras elogian la diversidad cultural, la heterogeneidad y hemos adoptado nuevas áreas en las cuales participar como activistas al usar nuestras vidas persona- les para alcanzar justicia e igualdad, sin importar nuestros rasgos étnicos, políticos, sociales o económicos.