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Los problemas no resueltos de la memoria rusa

Por Bruno Groppo
Investigador del Centro de historia social de la Universidad de Sorbona de París

La sociedad rusa actual mantiene relaciones difíciles y contradictorias con su pasado, en particular con el pasado soviético. En las páginas siguientes, revisaremos el recorrido de la memoria colectiva de Rusia y los usos políticos del pasado por parte de las autoridades rusas después del final de la Unión Soviética y el sistema comunista. Empleamos aquí la noción de «memoria rusa» para designar la memoria predominante en la sociedad rusa en un momento determinado de su historia: una memoria que es preciso distinguir Los problemas no resueltos de la memoria rusa Bruno Groppo La sociedad rusa mantiene difíciles relaciones con su pasado. Si en la era Yeltsin se buscó construir el mito de una sociedad embarcada en el progreso y desviada por la experiencia bolchevique, considerada una suerte de paréntesis, con Vladímir Putin se busca reposicionar una visión nacionalista, proclive a la reconstrucción de la influencia global de una «Gran Rusia». Ni juicios ni monumentos con apoyo oficial recuerdan a las víctimas del Gran Terror de los años 30. Por el contrario, la renovada lectura oficial de la historia –corporizada en nuevos manuales escolares– ha restaurado el rol de Iósif Stalin como líder de un proceso de modernización y crecimiento del poder de Rusia.

La memoria social y la memoria oficial pueden hallarse más o menos próximas o más o menos distantes una de la otra, pero nunca coinciden plenamente y deben ser estudiadas por separado. En Rusia, más que en otras partes, la cuestión de la memoria es indisociable de la cuestión de la identidad, especialmente de la identidad nacional, y esta remite constantemente a la historia. Durante siete décadas, la historia de Rusia estuvo estrechamente ligada a la de la URSS. La desaparición de esta última y la del sistema político comunista que encarnaba provocaron una grave crisis identitaria que, desde los años 90, la sociedad rusa se ha esforzado en superar con el objeto de reconstruir una identidad aceptable. El recorrido accidentado de la memoria rusa en el último cuarto de siglo corresponde a esta búsqueda de una nueva identidad.

Algunas constataciones de este fenómeno se imponen rápidamente. La primera es que la sociedad rusa sigue profundamente traumatizada por la violencia y la represión masiva de la época soviética, en especial durante el periodo estalinista, pero no ha sido capaz de ajustar cuentas con ese pasado. La principal dificultad reside en el problema de la responsabilidad: ¿quién es el responsable de los millones de víctimas de esa época? En lugar de afrontarlo abiertamente, la mayoría de los rusos ha optado por la amnesia y la negación y ha relegado los episodios oscuros del pasado a los márgenes de la conciencia nacional. Su memoria está repleta de olvidos y silencios. Solo una minoría, como los militantes de la asociación Memorial, sigue evocando ese pasado y luchando por la memoria de las víctimas. En la época soviética, los silencios y los olvidos fueron dictados por el miedo. Hoy las causas son otras (el malestar frente a un pasado difícil de cargar, la voluntad de no saber, etc.), pero todavía están allí. Una segunda constatación se refiere a la importancia de la memoria de la Segunda Guerra Mundial –llamada en Rusia la «Gran Guerra Patriótica»–, que se convirtió en el principal fundamento de la identidad nacional rusa y que adquirió el estatus de mito fundacional, pero que sigue siendo rememorada de muy diferentes formas: una que pone el acento en el sufrimiento, las terribles pérdidas humanas y el deseo de una sociedad más libre que animaba a los combatientes; otra, de tipo nacionalista, que se centra exclusivamente en la victoria obtenida sobre la Alemania nazi y que le atribuye el mérito a Iósif Stalin, eclipsando así la memoria de la violencia masiva desencadenada por el dictador. Una tercera constatación se refiere a la utilización intensiva pero extremadamente selectiva del pasado por las autoridades rusas. Vladímir Putin, en particular, emplea constantemente la historia soviética, pero también la historia prerrevolucionaria, como apoyo de la ideología nacionalista que propone y que sustituye ahora a la ideología comunista del pasado. En la época soviética, el pasado había sido instrumentalizado para legitimar el poder del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y de su grupo dirigente: cada nuevo secretario del PCUS lo reescribía a su manera. Ahora el pasado sirve para legitimar el poder del presidente, para obtener el apoyo de la población en el proyecto de restaurar el lugar de Rusia en el escenario internacional y para consolidar un sistema autoritario que solo tiene la apariencia de una democracia. En un caso como en el otro, se debe mostrar que el Estado siempre tiene la razón. Ahora veamos con más detalle el recorrido de la memoria rusa después del final de la URSS.

La especificidad de la memoria rusa

El tema de la memoria (y el olvido) en la Rusia postsoviética debe situarse en el contexto más general de las transformaciones en la memoria pública que se produjeron en los antiguos países comunistas después del fin de los sistemas políticos de tipo soviético. Al ampliar el marco de observación, se pone de manifiesto aún más la especificidad del caso ruso, que se diferencia netamente de los demás, a pesar de algunos puntos en común. En tiempos del «socialismo real», existía en todos estos países una memoria oficial, forjada por el Partido Comunista, que ocupaba totalmente el espacio público y ofrecía una interpretación del pasado conforme a la ideología y a las exigencias políticas del partido. Un chiste soviético decía que en la URSS el pasado era imprevisible porque cambiaba continuamente. La memoria oficial cambiaba en función de las coyunturas políticas, pero seguía siendo la única autorizada: todas las demás memorias colectivas eran excluidas del espacio público, silenciadas o confinadas a la esfera familiar. Convencido de poseer la verdad histórica, el PCUS se arrogaba el monopolio de la memoria y ejercía un estricto control sobre la escritura de la historia, que debía servir para legitimar su poder. El fin de los sistemas políticos comunistas, primero en Europa central y oriental y luego en la propia URSS, también provocó el fin del monopolio comunista de la memoria. Al mismo tiempo que la memoria oficial comunista declinaba rápidamente, otras memorias previamente silenciadas reaparecían y ocupaban el espacio público. Con la desintegración del imperio soviético, ya no podía hablarse más de una sola memoria: cada ex-república soviética que se independizaba o recuperaba su independencia comenzaba a elaborar su propia interpretación del pasado y a construir su propia memoria, esta vez en un marco estrictamente nacional y sin directivas impuestas desde fuera. En todas partes el pasado comunista fue revisado y reinterpretado a la luz de la nueva situación: ningún partido ni otra institución eran ya capaces de imponer una interpretación única y excluir todas las demás. Hemos asistido, en esos países, a una verdadera explosión de múltiples memorias, que competían entre sí y que aspiraban a hacerse oír y a ser reconocidas en el espacio público. A partir de los años 90, cada uno de estos países ha desarrollado políticas de memoria –creación de nuevos museos de historia reciente, establecimiento de nuevas conmemoraciones, etc.–, en las que se expresan interpretaciones del pasado diametralmente opuestas a las que prevalecieron durante la época comunista. Ajustar cuentas con el pasado comunista, sin embargo, ha resultado más difícil en Rusia que en los demás países del «socialismo real», principalmente debido a las posiciones diferentes que ocupaban en el mundo comunista. La URSS, de hecho, no era un país como los otros, sino un imperio cuyo centro

era Rusia y al que habían sido integrados varios países (como los Estados bálticos, Georgia o las repúblicas de Asia Central) directamente por la fuerza, mientras que otros (los de Europa central y oriental) fueron incluidos en su esfera de influencia después (y a causa) de la Segunda Guerra Mundial. En este conjunto, Rusia mantenía y ejercía el poder principal. La mayoría de estos países recibieron como una liberación el fin del comunismo y de la URSS, que consideraban un sistema de dominación extranjera de tipo colonialista. Una vez ganada o recuperada la independencia, dieron rienda suelta a una memoria profundamente negativa del periodo soviético, atribuyendo a la URSS (y concretamente a Rusia) la responsabilidad de sus desgracias. La misma actitud ya se había manifestado en Europa central y oriental después del fin de los regímenes comunistas, que había precedido por dos años el de la URSS. Al verse a sí mismos como víctimas, todos estos países aplicaron políticas conmemorativas centradas en la opresión sufrida y en la resistencia a la dominación soviética. Los museos de historia reciente que crearon a partir de los años 90 presentan, desde este punto de vista, relatos bastante similares. La Rusia poscomunista se encuentra en una situación muy diferente. Estando

ella misma en el origen del sistema soviético y de la URSS, no puede atribuir a un actor externo la responsabilidad de sus desgracias. Con la desaparición de la URSS y el fin del sistema soviético, Rusia ciertamente se liberó de un orden opresivo, del que también podía considerarse víctima, pero al mismo tiempo perdió la posición hegemónica que ocupaba en el imperio soviético. Desde el punto de vista de los rusos, la época soviética se había caracterizado por terribles represiones, pero también por grandes logros y por una expansión sin precedentes de la potencia rusa. Por eso, la sensación de liberación estaba acompañada por sentimientos de pérdida, frustración, melancolía y arrepentimiento. Frente a las dificultades económicas de la transición al poscomunismo, exacerbadas por la brutal política de privatizaciones de Boris Yeltsin, muchos rusos comenzaron a sentir cierta nostalgia de la URSS, en particular de la época de Leonid Brézhnev, que retrospectivamente se les aparecía como un periodo de estabilidad y de relativa prosperidad.

La memoria del estalinismo

Tras el fin de la URSS, Rusia ha tenido que reinventarse por completo y redefinir su identidad sobre nuevas bases, dado que las de la etapa soviética fueron profundamente sacudidas. Las referencias que habían servido a los rusos durante décadas para orientarse desaparecieron: ahora era necesario encontrar otras para reconstruir una identidad colectiva y afrontar un futuro incierto. Para ello era necesario mirar hacia el pasado, tanto el reciente como el más lejano, para intentar darle un sentido y determinar lo que, en el desastre general del sistema soviético, aún se podía salvar y utilizar para construir una identidad positiva. Esta búsqueda identitaria ha pasado por varias etapas, pero ha evadido siempre el formidable obstáculo que representan la memoria del estalinismo y la cuestión de la responsabilidad. En este sentido, el problema fundamental en Rusia es la memoria de la violencia masiva y la represión de la época soviética, especialmente del Gran Terror de los años 30; en pocas palabras: la memoria del estalinismo. Ese pasado, hoy lejano, sigue pesando en la conciencia colectiva y asediando el presente de la sociedad rusa.

Pocos países han experimentado en el siglo xx una historia tan traumática como la de Rusia, en la que las víctimas de la represión política representan millones y casi todas las familias se vieron afectadas por la violencia estatal. El nazismo, con el que a menudo se ha comparado el estalinismo, también ha provocado millones de víctimas, pero sobre todo en poblaciones no alemanas, mientras que el estalinismo tuvo sus víctimas principalmente en la población rusa y soviética (y en tiempos de paz). A esto se suma el hecho de que las represiones estalinistas exigieron la participación de un gran número de personas en todos los niveles del aparato de terror. Los rusos han sido a la vez víctimas y perpetradores de tales violencias masivas y es prácticamente imposible trazar una línea divisoria clara entre los unos y los otros, en especial en tanto que los organizadores y los agentes del terror terminaban a menudo liquidados por el régimen (algo que no ocurría, o que ocurría solo en raras ocasiones, en el caso del nazismo). Estas circunstancias hacen particularmente difícil toda confrontación con el pasado. También hay que considerar que mientras que el nazismo duró solo 12 años (de 1933 a 1945), en Rusia varias generaciones no han conocido otra cosa que este sistema represivo, que ha dejado un legado de temor muy arraigado en la conciencia colectiva (y, sobre todo, en el inconsciente colectivo).

La violencia de masas de la que fueron víctimas millones de ciudadanos rusos estaba organizada, planificada y ejecutada por el Estado, pero en ningún momento este ha reconocido oficialmente su responsabilidad o ha pedido perdón, y ninguno de los responsables ha sido llevado ante la justicia. En Rusia no se ha erigido ningún monumento oficial por iniciativa del Estado federal para conmemorar ese pasado de violencia ni a sus víctimas: los monumentos que existen han sido erigidos por asociaciones de la sociedad civil, a veces con el apoyo de las autoridades locales, pero sin ninguna participación del gobierno federal, que se mantuvo totalmente ausente en ese asunto. Tampoco se ha establecido comisión oficial alguna–del tipo de las comisiones de la verdad conformadas en América Latina después del final de las dictaduras militares– para investigar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la etapa soviética. A diferencia de lo ocurrido en otros países después de la caída del comunismo, la policía política de Rusia, el instrumento principal de la represión y el terror (que actuó bajo diferentes nombres: Cheka, gpu, ogpu, nkvd, kgb), no fue disuelta tras el final del sistema soviético, sino que apenas cambió su nombre, manteniendo esencialmente el mismo personal: de sus filas, por otra parte, provienen el actual presidente y, por iniciativa de este último, gran parte de los cuadros que en la actualidad ocupan puestos claves de poder en el gobierno, en la economía y en la política. La continuidad también ha prevalecido en el sistema judicial, otro engranaje esencial de la represión. El poder judicial no ha sido depurado, no ha hecho ningún mea culpa y aún hoy se encuentra estrictamente subordinado al poder político. En Rusia no ha habido, en suma, una ruptura radical con el pasado comparable a la que tuvo lugar en Alemania después de 1945. Cabe destacar que todas las encuestas muestran que hoy en Rusia Stalin sigue siendo un personaje popular y todavía es considerado positivamente por una gran parte de la población. La situación de la memoria rusa muestra profundas contradicciones y ambigüedades. El olvido siempre constituye una dimensión esencial. En dos ocasiones, sin embargo, en la época soviética, la sociedad rusa había comenzado a enfrentarse a la memoria del estalinismo: una primera vez durante el «deshielo» de Nikita Jruschov y una segunda durante la perestroika de Gorbachov, pero en ambos casos el proceso se detuvo a mitad de camino. Desde principios de los años 90, la memoria del estalinismo ya no aparece en el centro del debate público en Rusia.