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No, pues, tan sexy

Por Miguel Ángel Castilla Camargo

Después de cierto tiempo de abstinencia, resolví, más por hacerme un favor, de acudir a una cita con una chica –cuchibarby- que me molestaba desde niño. Si eso no es acoso, entonces que alguien traiga a los maestros de la cúpula de las Farc para que nos expliquen. Mi ética, moralidad y condición religiosa me llevaron a cuestionarme y concluir que mis genitales mandaban la parada; sin embargo apelé a la meaculpa y por supuesto deseché la culpa. 

Total, a la acosadora en cuestión no le paré bolas hasta hace una semana cuando al consultar al médico me dijo que mis testículos estaban a punto de estallar. Sin pena y sin recato, luego de escuchar su voz de abejona locuaz que me invitaba a salir, decidí que era hora de romper esa cuarentona, digo cuarentena. Lo de abejona es copiado del laureado pensador Nicolás Maduro.

Me sentí como un pobre sacristán frente a esta madre superiora que con sus pezones protuberantes me acuchillaba a mansalva. Esa noche, al calor de una docena de velas obsequiadas por Electricaribe, le prometí que no lloraría sobre la leche derramada y ella me dijo con su voz almibarada: tomad y comed que eso es tuyo. Esa frase, casi bíblica, me dio a entender que no estaba con un ángel sino con una rejugada amazonas que ya me llevaba por los caminos sofocantes y clitorianos de Luci. Era una amplia avenida de un follaje frondoso que se desvanecía en el crepúsculo de su indiferencia. Aclaro que el nombre de Luci no es el nombre de una mujer sino en referencia al que no se nombra. No es Uribe, por si acaso.

Volviendo al grano, la tomé con mi masa muscular como si tratara de una mota de algodón. Tan alto la elevé, que preferí dejarla levitando en sus fantasías. Contraje tanto mis músculos que mi falo se encogió más de la cuenta. Daba pesar pero recordé al ave fénix resurgiendo de sus cenizas. Por supuesto, como buena dama, lo notó, sonrió y lloro no se sabe por qué carajos, pero lloró. La mujer que llora, ama. Bueno, eso no me preocupaba en lo más mínimo porque el reloj me indicaba que llevaba 24 minutos de cortejo y me restaban 6 minutos para que el mundo grisáceo se tornara psicodélico. Efectivamente al minuto 30 la alarma de mi celular indicó que la pastilla que me había tomado haría efecto. Mi cara era otra, mis vasos sanguíneos se derramaron en elogios y protuberancias, y las pupilas se me dilataron tanto que ella se vino en sonrisas que evocaban las cataratas del Niágara. Me tocó darle respiración boca a boca porque su sistema hormonal estaba a punto de colapsar. El oxígeno le entró hasta lo más profundo de su alma donde yacían sus últimos efluvios que de paso delataban una extensa lista de eyaculadores anónimos y precoces. No le hice ningún reclamo, porque tenía también un prontuario al respecto, peor que el de ella para ser más exactos. Presintiendo lo mejor, ya repuestica, direccionada por su instinto, fue bajando su mano por la parte lateral de mí sobre barriga hasta llegar a la punta del bolsillo del pantalón. Ahí demoró unos cuantos segundos pensando  en todas sus porquerías, que entre otras cosas eran las únicas porquerías que me gustaban. Soy un puerco lo admito, no como Duque, pero en ese momento me sentí como un cochinillo bañado en zumo de coco listo para el consumo.

Retomando la punta del bolsillo, para facilitarle las cosas a la susodicha, me paré, bien paradito en puntillas de pies y ella conectada telepáticamente comprendió que la estaba invitando  a meter su mano hasta el fondo ¿Para qué dejarla afuera? Casualidad o designio,  encontró lo que no se le había perdido, yaciente, taciturno, arrugado y frio, un billete de 100 mil, algo inusual en mis arcas. Lo admiró tanto por ambas caras que el Valle de Cocora en Quindío, con la palma de cera parada y la imagen del presidente Carlos Lleras Restrepo con su carita de “yo no fui”, le parecieron poca cosa frente a la protuberancia del pájaro barranquero que se notaba dispuesto a meter su pico en la flor del siete cueros. Así se llama la flor, morbosos. Recordé que en las charlas del Banco de la República al instruirnos sobre el reconocimiento de los billetes dicen: “Mire, toque, levante, gire y compruebe”. Luci, muy encomiada con el encargo, metió de nuevo su mano y encontró otro pajarito. Era otro billete de 100, y ello en vez de bajarnos el deseo exacerbó los ánimos que de la emoción introdujo en cada bolsillo sus manos y estas al encontrarse agarraron al culpable de tanta ignominia. Era una moneda de mil que no se sabe qué carajos hacia ahí en ese momento. Sorprendido por tanta prosperidad, los ojos se me cerraron sin darle ninguna orden y el silencio se adueñó de aquella tarde lluviosa, fría y sideral …  de pronto, como si se tratara de un trueno, que digo, un “estrupicio”, se escuchó un pito desafinado y más atrás la frase culinaria: peto, peto, peto.   

Me desperté abruptamente y recordé al célebre religioso fray Antonio de Guevara que decía, “cuando a alguien se le derrama leche que ya ha hervido, no tiene sentido lamentarse”. Por supuesto, luego de la reprimenda, el vende peto no volvió después de aquel día.

Moraleja: la impertinencia debe ser hermana de la incontinencia.