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Aglaé, la Reina del Porro

Por Miguel Ángel Castilla Camargo

Las imágenes de antaño parecen cobrar vida en el subconsciente de una virtuosa como Aglaé, que va y viene como la brisa que bendice, que renueva. No es cualquier trashumancia; es el maravilloso peregrinaje en la búsqueda de sus orígenes, que cual María Barilla deambula también por jolgorios y barahúndas, donde músicos, bailadoras y rapsodas viajan por ese gran cúmulo de fábulas del Caribe que al ser escuchadas redimen e inspiran. Ese imaginario de la niñez, cimentado en tantas alboradas y retretas musicales, le da el privilegio y la gracia de cantar en una tierra donde el Porro es el Rey, y ella, su Reina. 

Ser concebido en un entorno sicodélico, de arreboles pintorescos donde la luna suele inmiscuirse en las cosas inescrutables del amor, donde un santo Cristo va a la corraleja por pedido de garrocheros, banderilleros y manteros; en el que la felicidad se suscribe a niños de amplias sonrisas en el caño de Aguas Prietas; en el que los regaños de la abuela son consolados con una galleta de limón, y donde los músicos acaecidos  esperan con la fe del coronel de Gabito, una ofrenda floral con las mejores canciones y las mejores flores recogidas de mañanita, apenas puede equipararse con los rostros de los legendarios areneros de Puerto Platanito que esperan la Gloria al salir el sol.  

Solo quienes son forjados en esos lugares prodigiosos, recreados por los cantos sinfónicos de la naturaleza, pueden comprender los alcances de un río que se emborracha y se desborda después de mayo; de Pitosolo, el ermitaño que deambulaba con su flauta infantil; de la emoción sublime que genera la bozá en una fiesta patronal, de un guapirreo en un Fandango, del hombre hicotea, del canto supersticioso del Yacabó, y de un mundano que se transforma en santo. Ello, en un contexto  desbordado en ocurrencias, epifanías y hasta de peleoneros rezados con el niño en cruz, pueden darnos una dimensión de su padre musical, Pablo Flórez Camargo, el poeta del Sinú que descubrió los sabores del Porro en medio de un aguacero torrencial que arrastraba pepitas de oro por las calles de su pueblo natal. 

Nacer en un momento crucial de la historia, de alienaciones femeninas y feudos imperantes, podría haber marcado su rumbo, pero ella, como Matilde Díaz o Lucy González, se abrió paso con su voz, con la fuerza de las leyendas inmortales y el peso moral de representar una expresión mítica, porque el Porro no es solo una manifestación musical, es el maná del que se alimentan miles de trovadores y bailadoras que en los fandangos imponen su ley. El realismo mágico de íconos, espantos, solemnidades y relatos de media noche, formaría en ella a la mujer soñadora que cuando interpreta su música evoca a esa legión de personajes que parecen sacados de una escena teatral en la que ella es la protagonista.   

Es Finzenú como la más sinuana, tan sublime como la cantadora que levita cuando suena un Porro, la bailadora desenfrenada que guapirrea en el alboroto social, la misma que se llena de añoranzas cuando ve a los viejos juglares rememorando a sus ancestros con sus zafras y salmodias de otros mundos. Ella al igual que la Banda Tradicional, representa el sentimiento de un pueblo que vive y subsiste con su música.

Y es que Aglaé, simboliza el sincretismo desbordado de la mujer que solfea lo que siente, que no mide sus emociones, porque en su tierra cuando ella canta, las almas del ayer se enorgullecen. Tal vez, esa sea la principal razón de muchas razones, para defender un legado construido por quienes la arrullaron de pequeña con sus polifonías. 

Su obra, que es la conjugación de muchos momentos, donde las evocaciones, la fe y la esperanza suelen confundirse, es la  verdad de lo autóctono, la simpleza del arreglo tomado de musas andariegas, de trotamundos que van de pueblo en pueblo anunciados buenas nuevas. Allí, en ese ADN, cargado de reminiscencias y alegrías, y perfeccionado en los estudios de grabación, se esconde el ímpetu de una rebelde que le dice al modernismo, que esa obra de la que todos hablan, es universal.   Su madurez como intérprete, le dan el bagaje cultural para enaltecer el patrimonio armónico de su tierra; por ello, al escoger los temas de su nuevo álbum musical, de la mano del maestro Ramón Benítez, la sitúan en la cúspide fonográfica; el torrente de ideas de esta producción, más que enseñarnos un producto tangible, nos enseña un tratado de los sentidos donde las obras nos dejan palpar su color, olor, sabor, sonidos, y en especial, una gran dosis de espiritualidad, nostalgia  y cariño, todo un bálsamo en el marco de una pandemia.