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Nueva normalidad

Por Pedro Rivera Ramos

Fue en el mundo pre pandemia, el del capitalismo neoliberal con su visión de sobreexplotación de la naturaleza, crecimiento y desarrollo infinitos e insostenibles, prevalencia del capital y de su modelo industrial de agricultura y ganadería intensiva, que hicieron que los virus, y sobre todo los coronavirus, adquirieran la peligrosidad que hoy tienen y que los ha llevado a saltar con mucha facilidad, de huéspedes animales a seres humanos. El SARS-CoV-2, es entonces un virus que se aprovecha de las propias vulnerabilidades que hemos venido construyendo, como consecuencia de la destrucción de los hábitats naturales y de la relación antagónica, soberbia e irrespetuosa que durante tantos años, hemos mantenido con el reino animal.

La pandemia del COVID-19 que sin dudas viene afectando a todo el planeta, ha provocado cambios significativos y posiblemente duraderos en muchos países. Algunos forzados por la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias que se han creado y otros para imponer mecanismos de control social y vulnerar las principales libertades democráticas. Dentro de ese contexto de la actual crisis pandémica y sus graves secuelas –que ya la hacen más profunda a la del período 2008-2009 y a la Gran Depresión de la década del 30 la economía mundial ha experimentado por un lado, un freno inesperado y con ello ha descendido notablemente el crecimiento en muchos sectores, como la producción, consumo, comercio, transporte; mientras que por otro, se ha expuesto con crudeza las contradicciones internas del capitalismo, sus crecientes desigualdades sociales, las penurias que padecen los desamparados y pobres y la precariedad en que se encontraban los sistemas sanitarios públicos.

Todo esto viene a agudizar y acelerar la crisis sistémica general del orden capitalista, que ya no puede lucir como invencible y seguir creciendo al ritmo que lo hacía, en un mundo donde los recursos naturales se agotan y una catástrofe climática parece inminente. Es precisamente en este escenario dominado por un debate fraudulento entre economía y salud, que la mayoría de los países decidieron enfrentar la emergencia sanitaria con medidas, normas y reglamentaciones, basadas más en suposiciones especulativas que en evidencias científicas y donde a la ciencia médica se le otorgó la exclusividad de ser la única voz calificada, desconociéndose ante esta urgencia, el valor y la importancia de otros conocimientos y otros saberes.

A pesar de la incertidumbre generada por la evolución de esta pandemia, está ciencia que se supone omnímoda, amparándose en sus números, modelos y algoritmos, ha venido controlando y dirigiendo toda la narrativa y ha reducido casi todo lo complejo de esta crisis, a un fenómeno meramente microbiológico. Hoy solamente ella, es la única escuchada para decidir sobre la gradualidad y etapas del desconfinamiento de la población, la lenta y cautelosa apertura de los sectores económicos, así como los rasgos que distinguirán a lo que han llamado “nueva normalidad”. En esa “nueva normalidad”, esa ciencia seguramente no dispondrá de tiempo, para examinar objetiva y críticamente, el daño que la reclusión forzada e injustificada, ocasionó en muchos ámbitos humanos, entre ellos uno de los más olvidados: la salud mental de millones de personas, cuyas enfermedades de esa naturaleza antes de la pandemia,

rondaban el 13% del total de enfermedades a nivel mundial. Ahora con esta emergencia de salud pública las enfermedades mentales han crecido de manera considerable, siendo su impacto principal entre las personas que figuran como de riesgo, los que temen perder sus fuentes de vida, los que han perdido seres queridos o han enfermado o tienen mucho miedo a enfermar y hasta perder la vida.

Mucha menos dedicación le conferirá esta ciencia y sus científicos, a la creciente permisividad que durante este período se dispensó, para experimentar con pacientes de COVID-19 con equipos y tratamientos, cuya efectividad no habían sido comprobadas; así mismo para prescribir, sin objeción alguna, medicamentos e intervenciones de dudosa eficacia y beneficios y sin considerar con prudencia sus posibles daños. Allí están desde el uso de la hidroxicloroquina y cloroquina, que fueron desaconsejadas por la OMS por sus graves efectos adversos, las fases en los ensayos en la producción de vacunas que han sido evitadas, hasta el plasma convaleciente que solo parece usarse con fines compasivos. Con mucha frecuencia tanto la prensa hegemónica como dirigentes políticos de muchos estados, les gusta afirmar que la COVID-19 es una enfermedad democrática, porque aseguran que no distingue entre clases sociales y otras diferencias humanas.

Realmente en lo único que puede haber algo de democrático en este coronavirus, es que todos los humanos somos vulnerables y por consiguiente, podemos enfermar. Sin embargo, no todos tenemos la misma vulnerabilidad económica, ni todos contamos con una óptima cobertura médica. Además, los más expuestos a contraer la enfermedad son las personas que tienen trabajos y viviendas precarias y las que tienen dolencias crónicas, que en su gran mayoría, pertenecen a los sectores más humildes de la sociedad. Lo cierto que una vez la humanidad comience a salir de esta pandemia exageradamente publicitada, el mundo de la “nueva normalidad” estará caracterizado por una grave y profunda recesión económica global, que ya venía incubándose con la desaceleración que desde el 2019 se experimentaba. Las estimaciones más conservadoras presumen que en todo el planeta se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo, lo que representará un aumento significativo del desempleo, del subempleo, de la pobreza, de los oficios informales y las desigualdades sociales.

Ese impacto en el empleo implicará no solo pérdidas importantes en los ingresos de los trabajadores y un deterioro más pronunciado en sus condiciones de vida; sino también una disminución considerable en el consumo de bienes y servicios, lo que definitivamente tendrá consecuencias directas en la recuperación económica de los países. También, aunque todavía estamos lejos de que la pandemia del COVID-19 se declare superada, se cree que al mundo le estará costando esta crisis más de 10 billones de dólares; de igual modo se espera que en los próximos dos años, según economistas de JP Morgan, la parálisis industrial que sobrevendrá, provocará una reducción de 5 billones en la economía mundial. De este panorama tan sombrío y desalentador no escapa la región de América Latina y el Caribe, donde el coronavirus está dejando consecuencias perjudiciales en todos los ámbitos de la vida social, laboral, política y económica de los países que la conforman. Solo en pobres, según la CEPAL, está región pasará a tener 231 millones en esa condición, de los cuales 98 de ellos lo estarán en pobreza extrema.

Esta situación con los efectos que ya está generando y que seguramente más adelante se agravarán, parece ir configurando en los países un ambiente tan peligroso, donde lo que parecía ser solo una emergencia de salud pública, se vaya convirtiendo después en una crisis política, que termine desencadenando grandes revueltas populares. Dependerá mucho de la cordura de los gobiernos, de que estén dispuestos a renunciar al autoritarismo, la represión y la intolerancia que han exhibido en esta coyuntura y que no decidan cargar sobre los sectores más humildes el peso principal de los sacrificios, para que este presentimiento no se vuelva una trágica realidad. Son muchos los que aseguran que esta brusca sacudida del SARS-CoV-2 a toda la humanidad, hará que en el mundo post pandemia nada vuelva a ser lo mismo. Pero esa “nueva normalidad” a la que con tanta insistencia aluden los dirigentes políticos, las autoridades médicas y los medios de comunicación, no parece que va a ser muy distinta de aquella que originó la actual emergencia. Tal vez estemos una vez más frente a la paradoja gatopardista de: “el cambiar todo para que nada cambie”.

Sin embargo, definitivamente que habrá cambios, pero ninguno alterará en lo sustancial las formas insostenibles de producción, reproducción, distribución y consumo de las sociedades modernas. No hay indicio alguno que nos haga pensar, que los procesos de intensificación del contacto entre animales y humanos, las aglomeraciones urbanas y la contaminación del aire, la destrucción de los ecosistemas, el agravamiento de la crisis climática, el extractivismo y la industria de los alimentos transgénicos, ultraprocesados y colmados de tóxicos, no continuarán con el mismo énfasis que tuvieron en la “vieja” normalidad. Tampoco parece que disminuirá la agresividad del capital, que bajo la excusa de la pandemia del coronavirus, buscará imponer en las legislaciones laborales, cambios que solo le favorezcan. En fin, debemos dar por sentado que en el mundo post pandemia, seguirá prevaleciendo la centralidad del capital y su acumulación, por encima y por delante de los intereses de los seres humanos, es decir, sencilla y llanamente el mismísimo capitalismo neoliberal.

Lamentablemente, ello significará la pérdida irremediable de la excelente oportunidad, ya no de cambiar completamente el orden establecido tan injusto, explotador y desigual que todavía existe, sino de diseñar sociedades sobre principios y valores, donde la dignificación del ser humano sea una prioridad y donde las lógicas de producir, distribuir y consumir sean sustentables, estables e integradoras, que sirvan para garantizar con justicia social y equidad, el acceso a una alimentación sana y a un trabajo decente para todas las personas. Si este sueño no es posible, esperemos al menos que en la “nueva normalidad”, se reconozca, por una parte, que para prevenir nuevos brotes pandémicos es necesario que la salud humana, animal y ambiental, sea enfocada como una sola; y por otra, sin que tengamos que esperar la próxima pandemia, comprendamos de una vez por todas, que sin cobertura médica gratuita para los desposeídos, marginados y pobres, la salud de todos, sin distinción alguna, estará siempre en riesgo. Nos tocará imaginar entonces, la vida que nos espera.