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Estilo de vida swinger

Si bien no existe unanimidad sobre los orígenes de la práctica swinger, la presunción histórica más aceptada por la comunidad swinger es que tuvo origen en los Estados Unidos en los años sesenta, cuando algunos miembros del Ejército norteamericano, al pasar largos períodos de tiempo, a veces de años, fuera del hogar, consentían que sus compañeros y mejores amigos hicieran visitas de carácter sexual a sus esposas en su ausencia con el fin de que éstas no se vieran en la necesidad de serles “infieles” a sus esposos, al considerar que la relación sexual resultante era consentida por el cónyuge. Asimismo, se acepta que un aporte importante al despliegue del fenómeno swinger fueron las comunidades hippies, entre las que se promovía un alto grado de libertad en las relaciones sexuales y de pareja, y se toleraba la infidelidad o lo que se llamaba poliamorío o pareja abierta, donde una persona podía tener más de una relación de carácter sexual alterna a su relación de pareja estable.

Una tercera versión de los orígenes del swinger la ofrece Bracamonte (2008), quien afirma que “la práctica Swinger comenzó en Filipinas a mediados de los años cincuenta, cuando los soldados estadounidenses –junto con mujeres que no necesariamente eran sus esposas–, inventaron un juego que consistía en poner dentro de un sombrero las llaves de sus habitaciones, y al azar intercambiaban sus parejas. De ahí que las llaves forman parte de la simbología del movimiento” (2008). Una investigación de los años setenta brindó una mirada de los swingers como gente marginada (Bartell, 1971).

Ahora bien, si es cierto que esta práctica tuvo orígenes en situaciones particulares ella se ha ido transformando y adoptando en diversos contextos socioculturales en los cuales cada comunidad de adeptos swinger la ha desplegado de manera particular; aunque consiste básicamente en el intercambio sexual consentido de parejas, esta conducta ha sido adaptada en sus modalidades. Inicialmente fue un asunto privado que se daba sólo en las residencias de los practicantes y de manera más o menos secreta, y en la actualidad, aunque conserva mucho de ese cariz de discreción, se publicita en la web, se practica en hoteles y campamentos y está integrada a una forma de la rumba (Gómez, 2007).

Reiteramos, la práctica swinger no es igual en todos los contextos; hay variaciones en la distribución y marcación de los espacios y las actividades permitidas en ellos, los tiempos y las formas de presentarse los agentes. En Cali, el intercambio es más o menos lineal en el tiempo y se da en condiciones de desnudez explícita, mientras que, de acuerdo con Von der Weid (2007), en São Paulo los tiempos son menos lineales para el intercambio y los agentes conservan durante el mismo la ropa; en Río de Janeiro, como en Cali, los practicantes swinger están desnudos. La noción “estilo de vida” deriva de las expresiones inglesas lifestyle y way of life, que se han hecho muy populares, sobre todo la noción de American way of Life (“estilo de vida Norte Americano”), con el que se hace referencia a la forma de entender y asumir la vida en dicho país y que tiende –o por lo menos aspira– a universalizarse, o a suponerse universal.

Puede entenderse el estilo de vida como el conjunto de comportamientos o actitudes de un grupo específico de personas en relación con un determinado objeto o práctica social y que determina de manera singular el uso de sus recursos materiales y simbólicos. Estilo de vida sería, entonces, la forma en que se asume la vida en general, no tanto en el sentido de una particular concepción sino más bien de una idiosincrasia, un carácter o impronta de un grupo específico (nacional, regional, local, generacional, entre otros), expresado en todos o en cualquiera de los distintos ámbitos vitales (trabajo, ocio, sexualidad, alimentación, indumentaria, etc.). En el ámbito de la sociología, algunos autores han hecho referencia a este concepto de manera más o menos directa.

Alvin Toffler (1980) predijo una explosión de “los estilos de vida” a los que denomino “subculturas”, debido al incremento de la diversidad de subgrupos con intereses particulares propios de las sociedades postindustriales. Jeremy Rifkin (2004) describe el estilo de vida como modos de ser y actuar en la vida cotidiana. Para nuestro caso entendemos por estilo de vida un modo particular de comprender y asumir la vida, consciente o inconscientemente, que implica dimensiones de colectividad (subcultura grupal), homogeneidad (de criterio para el grupo) y centralidad (en la organización de la vida de los individuos y grupos); así, abarca planos materiales, simbólicos y relacionales que, en su conjunto, cobran valor identitario para quienes lo suscriben. Teniendo en cuenta lo anterior, podemos considerar que algunas de las parejas practicantes del swinging, entre las cuales están aquellas con quienes se tuvo contacto directo en las entrevistas, además de las que refiere la literatura, adoptan un estilo de vida según el cual el intercambio sexual consentido entre sus miembros se constituye en una práctica y una forma de relación que tiene centralidad organizativa de la experiencia sexual y comparten una perspectiva de la sexualidad, la fidelidad y la vida en pareja más o menos homogénea.

Para captar mejor la dimensión de estilo de vida de quienes se inscriben en lo swinger como una práctica habitual y diferenciarlos de aquellos que acceden a ella en otras intensidades o frecuencias, a partir de la observación etnográfica, de las entrevistas realizadas y de información recabada durante el proceso de investigación, se pudo identificar y clasificar cuatro categorías de participantes. Para ello, la clasificación hecha por Plumer, apud Giddens (2002) respecto de los homosexuales sirvió de referencia pues permitió agrupar a los swinger según su modo y posición respecto de la participación en la práctica: los ocasionales, los localizados, los personalizados y los de “estilo de vida”. El participante swinger ocasional es aquel que tiene un encuentro swinger eventual, que no estructura el conjunto de la vida sexual de la pareja; quien por mera curiosidad decide asistir a una práctica de intercambio con su pareja, pero que no lo hace sino en determinadas ocasiones.

Los swinger localizados, por su parte, son quienes en circunstancias específicas practican swinger, y aun con cierta regularidad, pero no es ésta la preferencia sexual de la pareja. Ámbitos como la fiesta, la rumba swinger, donde suele presentarse el intercambio, es ejemplo de esto. La conducta swinger allí es corriente y se considera un sustituto eventual de la relación sexual monogámica, heterosexual convencional; algo interesante pero esporádico y no una práctica preferible (y recurrente) a la convencional. El swinger personalizado es el que practican las parejas que prefieren las actividades swinger, pero que están aislados de los grupos en los que aquellas se aceptan como normales. En estas condiciones, la actividad swinger es una actividad furtiva, que se oculta a los amigos y colegas; por tratarse de una conducta que puede ser censurada moralmente, sus adeptos prefieren mantener oculta su preferencia para evitar el riesgo de tener que asumir consecuencias como la crítica, la estigmatización, la exclusión o la segregación social.

El swinging como estilo de vida se da en parejas de individuos que declaran “abiertamente” su condición swinger, y que han convertido en una parte crucial de su vida las relaciones con otros de gustos sexuales similares. Estas personas, entre las cuales están las tres parejas a las que se entrevistó y algunos de quienes frecuentemente asisten a los bares swinger, con los que se conversó durante las observaciones en los dos bares swinger en Cali, pertenecen a una comunidad, a una subcultura denominada swinger, y se reconocen como tales. En esta comunidad las actividades swinger están integradas en un estilo de vida específico y brindan la posibilidad de participar en acciones sociales o políticas colectivas generales, pero no necesariamente reivindican sus derechos e intereses como minoría sexual (como es el caso de los homosexuales o de la población LGTB). Los swinger tampoco participan de la identificación con lo que se denomina prácticas sexuales extremas.

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Autores:

Johnny Javier Orejuela Magíster en Sociología Doctorando en Psicología Social, USP Facultad de Psicología, Universidad de San Buenaventura, Cali, Colombia.

Jairo Piedrahita Psicólogo, Auxiliar de Investigación Universidad de San Buenaventura, Cali, Colombia.

Faizury Renza Psicóloga, Auxiliar de Investigación Universidad de San Buenaventura Cali, Colombia