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julio 3, 2022

Narcotráfico en el fútbol colombiano – Los Diablos Rojos (II)

Por Juan Felipe Mejía Morales

El cuadro Americano, la mechita como mejor se le conoce por las calles de la sucursal del cielo, es el segundo caso que se trae a colación para explicar cómo las estructuras de oportunidad influenciaron de manera directa y casi que sirvieron de aliciente para que los hermanos Rodríguez Orejuela vieran por primera vez a un equipo de futbol como un factor determinante para legitimar sus acciones como colectivo mafioso. Para aquel entonces el país era dirigido en su presidencia por el Liberal Julio César Turbay Ayala y el país empezaba a ser testigo de cómo los narcotraficantes, de pequeña y mediana monta, diversificaban el negocio del narcotráfico.

Para ello, los hermanos Rodríguez Orejuela conformaron un colectivo para actuar fuera de la ley con miras a desestabilizar las estructuras políticas de nuestro país y de la época. Los nexos entre el cartel de Cali, en cabeza de Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela, y el club América de Cali, comienzan desde finales de la década de los setenta tras el fallido intento de los hermanos de hacerse parte de la junta directiva y socios del rival de patio, el Deportivo Cali, de quienes estos individuos eran acérrimos hinchas. Para entonces, el América nunca había sido campeón y sólo tenía dentro de su palmarés deportivo un sub campeonato por allá en el año sesenta y nueve. Un equipo que en palabras de Guillermo Ruiz: “era casi un cuadro de mitad de tabla de posiciones hacia atrás. Tampoco tenía mayores pretensiones ni la manera de lograrlas” (Ruiz 2004, pág.82). Una realidad que pronto cambiaría. Al equipo americano comenzarían a llegar, de buenas a primeras, jugadores de grande envergadura que difícilmente hubieran podido llegar al balompié nacional si no fuera por dineros obtenidos ilegalmente, que para 1979, bajo el mando técnico de Gabriel Ochoa Uribe, darían el primer título al equipo.

Para entonces “América compraba y vendía pases como quien compra y vende dulces […] no había jugador que se destacara en Colombia que no fuera adquirido por los Diablos Rojos” (Araujo 1995, pág.136). No en vano en la década de los ochenta el onceno caleño fue campeón cinco veces de manera consecutiva y subcampeón en tres ocasiones de la Copa Libertadores de América, resultados inéditos para el rentado nacional. Al equipo empezaron a llegar estrellas de talla mundial. Grandes futbolistas que a tiempos modernos pudieran jugar en las ligas más prestigiosas del mundo. Futbolistas que de no haber sido por las cuantías extraordinarias que se movían nunca hubieran podido llegar al país. Julio Cesar Uribe, Roberto Cabañas y Ricardo Gareca, por mencionar algunos, engalanaban las tardes caleñas en el Pascual Guerrero.

Sin embargo, después de esa amargura de 1987 cuando el América perdiera la final contra Peñarol de Uruguay, el equipo no volvería a ser el mismo, y aunque hubo razones futbolísticas, las razones de peso poco tuvieron que ver con el balón, y más bien sí con dólares y con una confrontación que estalló al margen del fútbol (Araujo 1995). El colectivo culpable de esta bonanza recibió por nombre el Cartel de Cali y entre sus más reconocidos miembro se encontraban José Santacruz Londono, Hélmer Herrea, Phanor Arizabaleta Arzayus, entre otros. Era un cartel sin duda alguna poderoso que sumaba refuerzos tal y como más tarde lo haría el equipo del América. El colectivo empezó a generar necesidades de alterar las relaciones de poder que existían en la ciudad de Cali, y dentro de los hermanos empezaron a nacer fuertes deseos por convertirse en miembros de la oligarquía Caleña. Con eso en mente, Miguel, “luego de ser rechazado en el club de sus amores y producto de una enorme decepción que luego se convertiría en ira” (Arango 2000, pág.73) se apoderó del América luego de una transacción sobre la cual no se tiene registro fehaciente. Es preciso entonces detenerse sobre este punto por un momento. Es aquí donde se encuentra la primera evidencia de que la estructura de oportunidad, en este caso legal, le había permitido a este colectivo mafioso en particular, hacerse a un equipo de fútbol.

El Decreto 149 de 1976 “Por el cual se suprime la Superintendencia Nacional de Producción y Precios, se redistribuyen sus funciones y se revisa la organización administrativa de la Superintendencia de Industria y Comercio” dejó un vacío legal para el traspaso de las fichas deportivas de los equipos adscritos a la Dimayor. Nueve entes diferentes, según el decreto, estarían entonces encargados de administrar la compra y venta de bienes y servicios en el país. En principio sería “el Ministerio de Desarrollo Económico el encargado en dictaminar la norma para los espectáculos públicos, los productos de la industria nacional y los servicios que no estén señalados en los literales anteriormente citados” (Decreto 149 1976, art 2.h). Pero teniendo en cuenta que el fútbol en Colombia se rige por los estatutos de la División Mayor del Fútbol Profesional Colombiano, los organismos que pudieron haber evitado la entrada de los narcos, terminaron pasándose una especie de “papa caliente” y haciendo caso omiso al tema, episodio que aprovecharon los hermanos Rodríguez Orejuela. En suma, los cambios en el poder habían generaron la estructura de oportunidad para el cartel de Cali.

Sin embargo, los Rodríguez Orejuela no habían ingresado al fútbol para poder manipular los ejes políticos del país, por el contrario lo habían hecho para sumergirse dentro de la élite y la sociedad más prestigiosa del departamento y de su capital. Los hermanos ansiaban poder lograr prestigio y reputación, y aunque no lo lograron con facilidad, si lograron mutar los preceptos de lo que significaba ser de altas esferas. La tradición se convertía en opulencia, mientras que el dinero lograba trasformar la sociedad. El equipo, las contrataciones y los resultados deportivos favorables eran una herramienta de mucho peso. Entendiendo no sólo que el América es uno de los equipos más populares del país, ciertamente el más popular de Cali, pero que el fútbol en nuestro país es un componente cultural de mucho peso. La élite caleña era minoritaria y no significaba mayor peligro para el colectivo. El cartel de Cali había encontrado su fuerza colectiva, debilitaba el orden y las estructuras y garantizaba el bienestar financiero tanto para el colectivo como para el club de futbol. Pero, ¿Cómo exactamente se dieron esas transacciones? ¿Cuál era el propósito? Pues bien, años después sería el mismo hijo de Gilberto Rodríguez Orejuela, quien descubriera que las contrataciones que en primera instancia parecían brotar del buen espíritu americano de los Orejuela, no era más que una estrategia para lavar dinero proveniente de la venta y tráfico de cocaína en el exterior.

En palabras de Fernando Rodríguez Orejuela: “Compraban jugadores que valían cien mil dólares, pero decían que valían dos millones y así legalizaban la plata” (Semana 2007, párr.3). Esto, sumado a las tasas y a la estructura de cambio, empezando por la ventanilla siniestra del Banco de La República, que cambiaba dólares sin dar cuenta de su origen, ayudó a que los equipos fueran las fachadas perfectas para lavar dinero por medio de transacciones que se registraban en pesos pero que se efectuaban en dólares (Peláez 1994). En suma, las estructuras comerciales eran evidentes. Con la apertura de un espacio estatal (Estatuto Cambiario de 1968) donde se pudiese vender moneda extranjera sin necesidad alguna de legitimar su proveniencia, los carteles y especialmente el Cartel de Cali, tuvieron las puertas abiertas para poder manipular los cimientos mismos de la institucionalidad de Colombia. “el dinero corría a raudales. Era dinero del narcotráfico el cual, como ustedes saben, era mucho” (Semana 2009, párr.8). Los resultados deportivos pasaban a un segundo plano. Por medio de la compra de árbitros para que favorecieran al equipo (Semana 2009, párr.7) el colectivo garantizaba lo que era importante: el poder, y tal como lo postula McAdam, los grupos que eran ajenos al proceso, como los hinchas y los jugadores, comenzaron a aportar a los procesos del colectivo, que aunque no visibles, si eran de conocimiento público.